La última vez que la vi


Durante el día, la ciudad juega a ser impecable. Sus edificios de cristal reflejan el sol como espejos bien pulidos, ocultando las grietas que se esconden tras sus muros. Los pasos apresurados de oficinistas resuenan en las aceras con un compás meticuloso, mientras los empresarios emergen de sus máquinas blindadas con la seguridad de quien nunca ha mirado hacia abajo. Algún artista de televisión se desliza entre la multitud, ajustándose los lentes oscuros, disfrazado de anonimato, como si pudiera escapar de su propio reflejo.

Pero cuando el sol se rinde y la luz se apaga, la ciudad se desviste. Las sombras se alargan y todo lo que antes se ocultaba, cobra vida. Los taxis deambulan en busca de almas errantes, los autobuses avanzan como fantasmas con sus asientos casi vacíos, y en cada esquina, las figuras de la noche emergen bajo la luz parpadeante de los faroles. Prostitutas apoyadas en los postes, transexuales ajustando sus atuendos en los retrovisores de los autos, proxenetas vigilando desde la penumbra como buitres pacientes. Todo se mueve a un ritmo silencioso, una danza coreografiada en la que cada quien conoce su papel.

La policía pasa sin ver, o viendo demasiado. Son sombras con uniforme, espectadores bien pagados de la función nocturna. Saludan, toman su parte y siguen su camino, dejando tras de sí el mismo vacío con el que llegaron. En esta frontera triste entre la luz y la penumbra, la ciudad no pregunta ni responde, solo deja que la noche devore lo que el día fingió ignorar.

Anclado en la esquina, un rectángulo de metal gastado por la intemperie con un letrero oxidado. El kiosco estaba ahí, como siempre, o al menos eso parecía. Sus estantes, repletos de periódicos que contaban historias ajenas y titulares que ya nadie leía, eran un faro inmóvil en un mar de movimientos furtivos, un testigo sin voz, un punto de referencia para los que vivían en la frontera entre la rutina y el abandono.

La brisa arrastraba papeles viejos y polvo acumulado, trazando espirales sobre el asfalto húmedo. Como traída por el viento, ella apareció. Nadie sabía de dónde venía ni a dónde iba cuando la noche terminaba. A nadie le importaba. Caminaba con la calma de quien no tiene prisa, con la dignidad de quien no ha olvidado su propósito. Vestía ropas gastadas, pero limpias, con los bolsillos llenos de monedas que parecían pesar más de lo que valían.

Se detuvo junto al kiosco, justo bajo el farol trémulo que iluminaba su silueta con destellos intermitentes. Llevó la mano al bolsillo y sacó unas monedas, las contó con la misma precisión de alguien que sabe que cada una tiene un destino marcado. Frente a ella, un niño la observaba. No pedía nada, pero la necesidad estaba escrita en la vulnerabilidad de su cuerpo, en los nudillos pálidos de sus manos escondidas en los bolsillos de su suéter gastado.

Él no se movió. La miraba con la precaución de quien ha aprendido que en esas calles nada es gratuito. Ella lo observó un instante, con una expresión que parecía no pertenecer a ese lugar. Luego, sin decir palabra, extendió la mano y le ofreció algunas monedas.

Él dudó. Sus ojos fueron de las monedas a su rostro y luego al suelo, como si estuviese buscando la trampa, el precio oculto en aquel gesto inesperado. Finalmente, con dedos temblorosos, las tomó y las sostuvo entre sus manos como si fuesen algo extraño, algo que nunca antes había tocado.

Desde el callejón cercano, dos sombras emergieron con la quietud depredadora de quienes no necesitan apresurarse. No dijeron nada. No hicieron falta palabras. Solo avanzaron con la certeza de que ese momento les pertenecía. El niño sintió la presión de unos dedos firmes cerrándose alrededor de su brazo. La mujer apenas tuvo tiempo de levantar la vista antes de que una mano la empujara con la violencia de quien no teme ser visto.

Quien habitaba el kiosco observó la escena en silencio, sin intervenir, mientras el farol titilaba con una luz incierta. Frente a él, la escena se desarrollaba como un acto ensayado. Y la ciudad, con su murmullo constante, fingió no darse cuenta.

Las sombras no tenían prisa. Sabían que la ciudad estaba de su lado, que nadie levantaría la voz ni movería un solo dedo. No hacía falta la violencia desbordada, solo la precisión de un movimiento ejecutado cientos de veces. Una de ellas rebuscó en los bolsillos de la mujer, sacando las monedas con la misma indiferencia con la que un cobrador retira el pago de una deuda. Las sostuvo un instante en la palma de su mano. Sus labios dibujaron un gesto de desdén. La ciudad escuchó el tintineo de las monedas golpeando el asfalto, pero no respondió. El sonido se dispersó entre los murmullos de la calle, diluyéndose como todo lo que carece de importancia.

El niño forcejeó en un intento torpe de escapar. Sus piernas delgadas patalearon en el aire, pero la otra sombra lo alzó con la facilidad con la que se carga un paquete ligero. Sus dedos se aferraron al aire, buscando algo, alguien, cualquier asidero que lo liberara de ese momento. Pero en esas calles, los rescates eran escasos y la esperanza era un lujo que pocos podían permitirse.

Ella, en cambio, no intentó resistir. No peleó, no rogó. Sus labios no formaron palabras, sus ojos no buscaron auxilio. Se quedó allí, con la espalda contra el lateral del kiosco, mirando hacia adelante con la misma calma con la que había contado sus monedas.

El segundo golpe fue más fuerte. Su cuerpo se dobló sobre sí mismo y cayó de rodillas. En ese instante, el viento pareció detenerse. Todo quedó suspendido en una quietud expectante, como si incluso la ciudad aguardara su reacción. Pero ella no se movió. No hubo súplica, no hubo quejidos. Solo la caída y un silencio.

Los estantes del kiosco, impávidos, sucios, polvorientos, repletos de noticias que aún conservaban titulares sobre justicia y orden, sobre el esfuerzo de un país que pretendía sostenerse en pie, contrastaban con la justicia de esa esquina, que era otra, más antigua, más cruda, más irrebatible. Era la justicia de la indiferencia, la que decidía qué historias se contaban y cuáles simplemente desaparecían en la penumbra.

La brisa levantó una de las hojas sueltas de un periódico y la arrastró hasta los pies de la mujer. Una fotografía en la portada mostraba a un político prometiendo un futuro mejor, con un titular optimista escrito en tinta negra y gruesa. El hombre pisó la hoja sin siquiera mirarla y dio un paso hacia atrás, como si la promesa impresa no tuviera más peso que el papel arrugado bajo su suela.

El farol titiló una última vez. Las sombras se movieron, y con ellas, la mujer desapareció en la profundidad del callejón. El niño también.

La noche los devoró en silencio.

Caminando calle abajo con aire displicente, un policía apareció, atemporal, inoportuno, incongruente, como una hoja de otoño cayendo en primavera. Se detuvo junto al kiosco, bajo el farol apagado. Miró a su alrededor con una engañosa y desvergonzada actitud vigilante, se agachó y tomó las pocas monedas que brillaban con una luz opaca en el asfalto. Continuó su camino silbando una melodía irreconocible, una canción que nadie identificaba y que, al igual que él, a nadie le importaba.

Y la ciudad continuó como si nada hubiese pasado.

El niño apareció poco después, emergiendo del callejón como un espectro de su propia historia. Sus pasos eran torpes, sus rodillas sucias de polvo y sangre seca. Temblaba, pero no lloraba. Caminaba con la mirada baja, con los brazos cruzados sobre su pecho, abrazándose a sí mismo como único refugio.

Cruzó la calle sin rumbo. No miró atrás, no buscó ayuda. En su mente, la ciudad entera se había convertido en un eco de voces que no le hablaban, de manos que no se extendían. No sabía adónde ir, pero sí entendía algo con absoluta certeza: ya no era el mismo.

El kiosco, testigo mudo de su tragedia, lo vio alejarse. Lo vio perderse entre los callejones, con los hombros encogidos y el andar incierto de quien ha sido despojado de toda inocencia. La brisa arrastró un pedazo de periódico hasta sus pies. No lo miró. Sabía que no diría nada de lo que realmente había ocurrido.

Las luces del amanecer comenzaron a teñir los edificios de tonos dorados. La ciudad despertaba, ajena a lo que había sucedido solo unas horas antes. El tráfico volvió a rugir, los oficinistas apresuraron el paso, y la policía, como cada día, patrulló sin mirar demasiado.

El niño caminó hasta que sus pies dejaron de doler. Había aprendido algo en esa esquina de la ciudad, sobrevivir no es un derecho, sino una decisión. Aprendió a moverse entre las grietas del mundo, a no confiar en las manos extendidas, a desconfiar de las monedas ofrecidas sin razón aparente.

Las noches siguientes lo encontraron en la misma esquina, observando a la distancia. Nadie lo veía, pero él los veía a todos. Aprendió que la ciudad tenía un ritmo, una coreografía silenciosa en la que cada quien conocía su papel.

Algunas madrugadas dormía entre cartones, otras en portales oscuros. El hambre era una constante, pero nunca pedía. Sabía que las promesas tienen un precio, que la compasión es un bien escaso y que aquellos que la ofrecen suelen desaparecer.

Con el tiempo, la imagen de la mujer comenzó a desdibujarse en su mente. Ya no recordaba su rostro con claridad, solo la forma en la que sostuvo las monedas, la manera en la que miró sin miedo cuando las sombras se acercaron.

Los años pasaron. Su cuerpo creció, su piel se endureció, y sus manos aprendieron a moverse rápido. Aprendió a leer los gestos de los hombres que caminaban de noche, a anticipar las amenazas, a evitar los peligros que no tenían remedio.

Ya no era el niño tembloroso de aquella madrugada. Ahora, cuando caminaba por la ciudad, lo hacía con la certeza de quien ya no espera nada de ella. Se convirtió en un fantasma más entre las sombras, en un rostro sin nombre que se deslizaba entre las esquinas sin ser visto.

Algunas veces volvía al kiosco. Se paraba a la distancia y observaba la luz parpadeante del farol, el suelo donde una vez rodaron las monedas. Sabía que la ciudad había olvidado. Pero él no.

Se preguntó muchas veces qué había pasado con ella. Si aún respiraba en algún rincón de la ciudad, si su historia había terminado esa noche o si, como él, había aprendido a seguir adelante.

Nunca lo supo.

Y una madrugada, muchos años después, cuando la ciudad dormía y la brisa arrastraba otra vez papeles viejos sobre el asfalto húmedo, otra mujer apareció en la esquina. Vestía ropas gastadas, pero limpias, con los bolsillos llenos de monedas que parecían pesar más de lo que valían. Él estuvo ahí.

Por primera vez en mucho tiempo, dudó.

Observó.

Antes de que las sombras volvieran a emerger del callejón, en un arrebato inesperado, impulsivo, él ya estaba cruzando la calle. Todo quedó suspendido en una quietud expectante, como si, por primera vez, la ciudad aguardara a que alguien rompiera la coreografía.

El aire era frío, más de lo habitual. La brisa arrastraba hojas de periódico con titulares irrelevantes con promesas de un futuro mejor impresas en tinta barata, las mismas que él había visto rodar entre los pies de aquella mujer años atrás.

La escena frente a él era un eco del pasado. La mujer, las monedas, el niño que alguna vez fue. Y las sombras acercándose con la misma cadencia sin prisa, con la certeza de que la noche les pertenecía.

No sabía por qué lo hacía, solo que sus piernas se movieron antes de que pudiera pensarlo demasiado. Se interpuso entre ella y los hombres, deteniéndolos con la única arma que poseía: su presencia.

Las sombras se detuvieron. No porque temieran, sino porque no lo esperaban. Habían seguido el mismo ritual por años, perfeccionandolo en el anonimato de la ciudad, y por primera vez, alguien había trastocado su danza.

Una de ellas lo miró con el reconocimiento de quien ha visto muchas versiones de lo mismo. Su expresión no era de ira ni de sorpresa, sino de curiosidad.

—Muévete —dijo, sin levantar la voz.

Pero él no se movió.

No respondió, no amenazó. Simplemente permaneció de pie, con los puños cerrados y la espalda recta, como si su sola presencia fuera suficiente.

La mujer lo observaba, igual que lo había hecho aquella otra en el pasado. Había algo en su mirada, un matiz de incredulidad y de reconocimiento, como si de alguna manera ella también supiera que la historia estaba a punto de cambiar.

Las sombras intercambiaron una mirada. Luego, una de ellas sonrió con desgano, como si el juego ya no les interesara.

—Como quieras.

Y se dieron la vuelta.

El niño que había sido, aquel espectro del pasado, se quedó inmóvil mientras los veía desaparecer en la penumbra. El aire seguía frío, pero por primera vez, sintió que podía respirar.

El farol titiló una última vez antes de apagarse por completo, dejando la esquina envuelta en penumbra. La ciudad siguió su marcha, indiferente, ajena a lo que acababa de suceder.

La mujer permaneció allí, inmóvil, con las monedas aún en la palma de su manoNo dijo nada, no hacía falta. Sus ojos se encontraron con los de él, y en ese instante, algo en su mirada se quebró. No era miedo ni gratitud, tampoco sorpresa, solo un entendimiento silencioso. Algo más profundo, más antiguo. Algo que él había visto antes, pero que en su niñez no había sabido nombrar.

Ella sonrió, apenas un gesto, apenas un eco de algo que la ciudad había intentado borrar.

—Pensé que ya no quedaba nadie —susurró.

Su voz era suave, ligera, como si no le perteneciese del todo a ese mundo.

El joven frunció el ceño. No entendía lo que quería decir. Pero antes de que pudiesa preguntar, antes de que pudiese darle forma a la duda que se agitaba en su interior, ella dio un paso atrás, luego otro, hasta fundirse con la brisa que arrastraba los restos de papel y el polvo por la calle.

El kiosco tembló levemente con el viento.

El joven parpadeó.

La mujer ya no estaba.

Miró a su alrededor, buscando alguna señal, alguna sombra moviéndose en la distancia, algún indicio de que había estado ahí. Pero lo único que quedó fue el eco de sus palabras y el peso de algo que no podía explicar.

Algo dentro de él supo la verdad antes de que su mente pudiera comprenderlo.

No había sido una mujer.

No había sido una simple historia repitiéndose.

Había sido ella.

La compasión.

La misma que había desaparecido aquella noche, la misma que la ciudad había dejado morir en un callejón.

Y, sin embargo, él la había visto.

Él la había salvado.

O quizás, ella lo había salvado a él.

El joven miró hacia el kiosco una última vez, luego se echó a andar calle abajo, con el paso firme de quien, por primera vez, ha encontrado su propósito.

Detrás de él, la ciudad seguía girando. Una vez más, el sol se rendía y la luz se apagaba. Todo lo que antes se ocultaba cobraba vida. Los taxis deambulaban en busca de almas errantes, los autobuses avanzaban como fantasmas con sus asientos casi vacíos, y en cada esquina, las figuras de la noche emergían bajo la luz parpadeante de los faroles. Prostitutas apoyadas en los postes, transexuales ajustando sus atuendos en los retrovisores de los autos, proxenetas vigilando desde la penumbra como buitres pacientes. Todo se movía en un ritmo silencioso, esperando a que alguien rompiera su coreografía.




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