Uno más
El olor a café recién colado trepaba por las paredes de aquel apartamento humilde, filtrándose entre las rendijas de las puertas cerradas, despertando los sentidos antes que el sol tocara los cristales. En la cocina, una mujer de manos gastadas y corazón alerta envolvía una arepa caliente con queso y mantequilla en papel de aluminio. La cerraba con cuidado, como si guardara en su interior algo más que comida: una plegaria. El vapor del desayuno empañaba los vidrios de la ventana, y con cada movimiento suyo, se marcaban las huellas de una rutina repetida con amor, pero hoy, cargada de presagio.
Omar se despertó sin necesidad de reloj. No era la alarma lo que lo levantaba esos días, sino un murmullo interior, como un tambor lejano que marcaba el paso de algo inevitable. Se sentó en la cama, frotándose los ojos mientras el aroma del café se mezclaba con la calidez tenue del amanecer. Su cuerpo aún tenía el cansancio de las noches anteriores, pero sus pensamientos ya marchaban por avenidas llenas de cantos, pancartas y humo. A su lado, la mochila descansaba lista: no tenía libros, sino un casco de bicicleta, un pañuelo, una botella de vinagre y un pequeño escudo de cartón reforzado con cinta.
En la sala, su madre preparaba dos tazas. Una para él. Otra, que no bebería, para la espera. Tenía el rostro sereno, pero los ojos cargados de un brillo distinto, como si en algún rincón de su alma algo se hubiese encendido sin su permiso. Desde hacía días, sueños fragmentados la perseguían al despertar: gritos, sirenas, una multitud corriendo, y su hijo perdido entre ellos. No decía nada. No quería sembrar miedo donde había fuego. Pero esa mañana, al poner el rosario sobre la mesa, lo miró con una intensidad suave, como quien se despide sin hacerlo.
Él tomó la arepa, le dio un mordisco, agradeció con una sonrisa y un beso en la frente, sin palabras. Ella fingió que todo era igual. Que era solo otro jueves. Que él iba a clases. Que la ciudad seguía siendo ciudad y no campo de batalla. El noticiero, encendido al fondo, mostraba imágenes de otros muchachos, en otras esquinas, alzando sus voces mientras un locutor con tono neutro hablaba de disturbios. La madre bajó el volumen. El joven ató sus zapatos con fuerza, como si en esos nudos amarrara su determinación.
Afuera, la ciudad ya comenzaba su tránsito de pasos apurados, motores encendidos y ventanas que se abrían para enfrentar el día. Pero en las paredes, aún quedaban los restos de afiches arrancados, rastros de pancartas, pintura corrida. Eran como cicatrices urbanas que nadie quería ver, pero que todos sabían leer. En una esquina, un niño gritaba titulares. Su voz aguda rompía la monotonía del barrio: “¡Protestas en la Ciudad Universitaria y Montalbán! ¡Violencia en la Francisco de Miranda! ¡Estudiantes detenidos sin orden judicial!”
El joven bajó por las escaleras sin mirar atrás. Ya no tenía miedo de los perdigones ni del gas. Solo temía al olvido. A que todo terminara y nadie lo supiera. En su pecho, algo se agitaba, pero no era ansiedad: era una forma antigua de coraje, esa que no se hereda ni se enseña, sino que despierta cuando el alma se siente acorralada.
Desde la ventana, la madre lo siguió con la mirada hasta que su figura dobló la esquina. Cerró los ojos. Tomó el rosario entre los dedos. Y sin abrir la boca, oró. No por milagros. Sino por su regreso.
En una sala de redacción al otro lado de la ciudad, dos reporteros discutían qué equipo llevar. Lentes, Mascaras antigás, cámaras, chalecos, identificación. Había rumores de represión inminente, de grupos motorizados que recorrerían las avenidas antes del mediodía. Querían estar ahí, documentarlo todo. A sabiendas de que algunas verdades solo sobreviven si se capturan en el instante preciso antes de que el humo lo borre todo.
En alguna parte del país, la televisión mostraba un desfile militar. En otra, se caía la señal de internet. Pero entre los espacios que no ocupaban las noticias oficiales, algo se movía. Una respiración contenida, una multitud silenciosa que se preparaba para gritar. Y entre ellos, estaba él. Uno más. Pero también uno distinto.
Y así, en la frontera entre lo cotidiano y lo histórico, comenzaba el día. Como otros tantos. Como ninguno.

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